Mujeres Wayuu, religión, política y cultura en Colombia

El final de la explotación sexual de mujeres, niños y niñas debe partir por un cuestionamiento a las estructuras y estándares religiosos, políticos y culturales que influyen en el pensamiento, el lenguaje, la visión del mundo y las decisiones participativas.

Por Jeison Oviedo 

Representantes de la comunidad Wayuu se han pronunciado en rechazo a la comercialización de mujeres y niñas (Imagen tomada de la película Pájaros de verano)

En el año 2010 viví en la ciudad de Riohacha y conocí la historia de una niña Wayuu que años atrás habían llevado a la fraternidad de los Hermanos Menores Capuchinos porque la creían poseída por un espíritu. La niña había pasado por las manos de pastores evangélicos y de rezanderos que la intentaron exorcizar de lo que fuera que la había hecho cambiar su comportamiento, atacar a sus padres como un animal rabioso, hablar con una voz extraña y provocarse heridas en su cuerpo.

Al final de la historia, se supo que el origen del comportamiento tan desconcertante de la niña tenía que ver más con una situación familiar oculta, que con una posesión demoníaca, como todos creían. Su familia la quería comprometer con un hombre a cambio de una suma de dinero y habían estado negociando hacía un tiempo los términos de aquella transacción. La niña nunca se opuso ni tampoco lo aceptó. Guardó silencio total mientras sus emociones y miedos la llevaron al colapso y solo hasta que tuvo la oportunidad de contarle a alguien lo que se tramaba puertas adentro de su casa, su salud y su comportamiento empezaron a mejorar.

Esta negociación en particular se vino abajo por la oportunidad que tuvo la niña de ser escuchada, pero tal parece que la comercialización de mujeres Wayuu en la Guajira colombiana se sigue practicando de forma campante, o por lo menos así lo demuestra la entrevista que el señor Fabio Zuleta, locutor y humorista reconocido en la costa colombiana, le hizo a un paisano suyo, en el que le preguntaba con mucho entusiasmo el precio de una “chinita” de 20 o 22 años, que sea “calunga” (depilada) y “que no se mueva”.

En el video de la entrevista, el señor Zuleta ventiló sus aspiraciones de explotar sexualmente a una niña Wayuu y se le hizo agua la boca imaginando a la niña rascándole la cabeza y cocinándole unas “cecinas en coco”. La ola de comentarios indignados no se hizo esperar. Colectivos de mujeres y de indígenas hicieron publicaciones exigiendo respeto por la dignidad y la libertad de las mujeres.

Representantes de la cultura Wayuu reiteraron que la mujer Wayuu no es objeto de burla ni de venta y explicaron que en los matrimonios de esta comunidad indígena, la familia del esposo debe pagar lo que se conoce como una “dote” a la familia de la esposa, pero esto no es sinónimo de una transacción para que las mujeres sean esclavas del hombre, sino un respaldo económico en caso de que se presenten calamidades en el futuro.

Es pertinente la aclaración sobre este aspecto cultural que refiere a la “dote”, porque muchos echarán mano de la cultura para justificar los planes macabros del señor Zuleta. Pero siendo muy honestos, no alcanza para negar que en la realidad de la comunidad Wayuu y en la idiosincrasia colombiana en general, existe un imaginario sobre la mujer que valida su sometimiento y cosificación al servicio y disposición de los hombres, y más aún, como un recurso estratégico dentro del contexto del conflicto armado.

El reclutamiento forzado y el comercio sexual fue parte de la estrategia de grupos paramilitares antes y después de desmovilizados. Las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia) fueron responsables de la trata de niños y niñas con fines de explotación sexual. Esto es un hecho al que le sobran denuncias y pruebas, pero que solo alcanza para desatar el repudio de la gente, sin que haya una reflexión profunda al respecto.

Saltaron los mensajes airados arrojándole piedras al tipo Zuleta, que es apenas un viejo portavoz del machismo más rancio que caracteriza la masculinidad en Colombia. Pero no han habido preguntas sobre el porqué un hombre se siente con plena facultad para negociar la vida de una mujer y luego excusarse diciendo que sí preguntó el precio de una “chinita”, pero que lo decía “de forma sana”, como si hubiera forma sana de participar en un negocio de trata de personas.

¿Quiénes son estas personas que creen natural y aceptable vender a las mujeres? ¿No comparten una misma filiación política, no cantan las mismas canciones y hasta creen en el mismo Dios y la misma Virgen, modelo de pureza y virginidad? ¿No será que el aval y sustento de esas ideas se encuentra en esa estructura política que se abraza con paramilitares traficantes de personas y que arrasa en las elecciones, en esas canciones que entonan con tanto sentimiento y en esa religión a la que se encomiendan con sagrada devoción y que ignora la injusticia y los atropellos a la dignidad de las personas?

Los padres de la niña Wayuu de aquella historia que conocí hace diez años, la llevaron a varios lugares en busca de ayuda, pero no se preguntaron si la ayuda que necesitaban estaba en su misma casa, en el cuestionamiento a aquella determinación abusiva de arrebatarle a la niña su libertad y entregarla como mercancía. Solo hasta que la niña tuvo la oportunidad dialogar, pudo sanar su sufrimiento silencioso.

Colombia es como una versión ampliada de esa familia Wayuu. Tiene un problema sembrado tan adentro, que pasa desapercibido y le buscan soluciones mágicas a lo que está bajo su propia responsabilidad. El final de la explotación sexual de mujeres, niños y niñas debe partir por un cuestionamiento a las estructuras y estándares religiosos, políticos y culturales que influyen en el pensamiento, el lenguaje, la visión del mundo y las decisiones participativas.

Si no se hace más que tirarse de los pelos porque un hombre sale folclóricamente a decir a viva voz lo que todos sabemos que ocurre en Colombia con la bendición de las iglesias y el aval de las autoridades, continuará la idea de que el problema es un asunto del más allá, mientras las estructuras religiosas mantienen su complicidad invicta, se eligen a los mismos políticos amigos de explotadores y se reproducen eternamente prácticas y expresiones culturales que cosifican a la mujer.

 

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